16 oct 2013

A 521 años de la llegada de Colón

Sobre el “descubrimiento” de América y la explotación insostenible de nuestros recursos naturales**

Por: Ludwig H. Cárdenas Silva

Hace unos días, el 12 del presente mes, se cumplieron 521 años de la llegada de Cristóbal Colón a la isla de Guanahaní, bautizada luego como San Salvador. Un hecho que la historia oficial ha insistido en llamar “descubrimiento”, aunque para millones de personas de este continente esa palabra siga siendo, hasta hoy, profundamente cuestionable.

Antes de ese episodio fundacional del orden colonial, los pueblos que habitaban esta parte del planeta —la que hoy suele agruparse bajo las etiquetas de “países en desarrollo” o “tercer mundo”— eran sociedades autosuficientes. Más aún: eran sociedades ricas, no en el sentido mercantil del término, sino en la abundancia de la naturaleza y en la armonía que mantenían con ella. Poseían tradiciones, valores sociales y formas de organización propias, perfectibles sin duda, pero lejos de estar estancadas.

Nuestras antiguas civilizaciones no concebían la propiedad privada como eje de la vida social. Vivían bajo principios de solidaridad y respeto profundo por la Madre Tierra, entendida no como un recurso a explotar, sino como un ser vivo del cual formaban parte. Muchos de estos pueblos desarrollaron conocimientos científicos, agrícolas y astronómicos que, en varios aspectos, superaban a los de los conquistadores europeos. Lo que no tenían eran armas de fuego.

El 12 de octubre de 1492, a bordo de tres naves, no fue América la que fue descubierta: fue el capitalismo el que llegó a este continente. Desde ese momento, en nombre de la cruz y bajo la fuerza de la espada, comenzó un proceso de despojo que transformó radicalmente estas tierras de armonía y abundancia.

Las riquezas naturales han sido, para nuestra América, un gran tesoro. Pero, como suele ocurrir con los tesoros en manos del capitalismo, se convirtieron en una maldición para quienes los poseían. De la misma manera en que los pueblos del Medio Oriente han padecido guerras y destrucción por sus mares subterráneos de petróleo, hoy América Latina sufre por su biodiversidad y por su agua.

Gran parte de nuestro territorio y de nuestros recursos es utilizada por corporaciones multinacionales en función de intereses ajenos a nuestras realidades. La explotación se realiza a costa de la destrucción de ecosistemas enteros, en una magnitud que no solo afecta a nuestro continente, sino que pone en riesgo la supervivencia de toda forma de vida en el planeta.

América Latina alberga algunas de las mayores reservas de agua dulce que aún existen en el mundo. Sin embargo, estas vienen siendo saqueadas mediante usos insostenibles: monocultivos extensivos de arroz, soya y maíz; plantaciones de pino y eucalipto que reemplazan bosques nativos; deforestaciones de proporciones descomunales. Y el agua que no se llevan incorporada en los productos agrícolas o forestales, la contaminan con agrotóxicos, con insumos para cultivos transgénicos y con sustancias altamente tóxicas empleadas por las industrias extractivas, como el cianuro.

A este panorama se suma el papel de organismos financieros internacionales que “recomiendan” a los países en desarrollo la privatización del agua, a través de concesiones a empresas extranjeras. El objetivo es claro: apropiarse de un recurso que, en un futuro muy cercano, será tan valioso —o más— que el oro o el petróleo.

Frente a esta realidad, resulta impostergable replantearnos, desde sus raíces, el modelo de desarrollo que nos ha sido impuesto y que nos ha conducido a la actual crisis ambiental, económica y social. Un modelo que convive sin pudor con niños desnutridos en países donde la producción de alimentos supera largamente las necesidades de su población; con miles de especies animales y vegetales extinguidas o al borde de la desaparición; con niveles inéditos de desigualdad social y una de las peores distribuciones de la riqueza de nuestra historia.

Todo ello nos confirma, día a día, que el cambio debe ser profundo y abarcar todas las dimensiones de la vida colectiva: la política, la economía, la sociedad y la relación con la naturaleza. No bastan reformas superficiales. Se requiere una transformación estructural y una redistribución justa de la riqueza que acerque extremos hoy obscenamente distantes entre ricos y pobres.

Este cambio no solo es posible: es urgente. Y nuestra América posee las condiciones históricas, culturales y naturales para convertirse en el punto de partida de una nueva forma de entender el desarrollo y la convivencia humana.

Otra América es posible. Está al alcance de nuestras manos, si somos capaces de unirnos, de trabajar juntos con solidaridad, convicción y sin egoísmos, recuperando aquello que nuestros pueblos originarios siempre supieron: que no se puede vivir bien si la Tierra no vive bien con nosotros.

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