¿Sabemos elegir a nuestras autoridades?
Rioja, 04 de mayo de 2012
El elector peruano, la mayor parte de las veces, decide su voto guiado más por sentimientos y emociones que por la razón. Vota con el corazón, con el hígado y, no pocas veces, con el estómago. En ese escenario, los planes de gobierno, la preparación académica y los valores éticos de los candidatos suelen quedar relegados, cuando no resultan completamente irrelevantes.
En un país como el nuestro, donde el nivel educativo sigue siendo bajo y la cultura política es frágil, no resulta extraño que, poco tiempo después de cada elección, aparezcan el desencanto, la frustración y la desmoralización colectiva. La ilusión electoral dura poco; la decepción, en cambio, se prolonga durante años.
Con frecuencia se escucha el dicho: “Cada pueblo tiene las autoridades que se merece”. Una frase dura, pero no por ello menos cierta, sobre todo cuando los representantes elegidos demuestran no estar a la altura de las expectativas ciudadanas. Sin embargo, cabe preguntarse con honestidad: ¿qué tanto de responsabilidad recae únicamente en las autoridades, si finalmente son los electores quienes les entregan el poder? ¿Qué se puede reclamar cuando, elección tras elección, la mayoría decide su voto sin reflexión, guiada por impulsos emocionales o intereses inmediatos?
El elector peruano, en general, lejos de valorar aspectos fundamentales como los planes de gobierno, la capacidad técnica o la honradez de los candidatos, se deja seducir por dádivas y gestos superficiales. ¿Qué se puede esperar cuando muchos votan a cambio de medio kilo de arroz, un poco de menestras, una gorra, un polo o algún juguete para los hijos? Antes de lamentarnos por las malas gestiones de nuestras autoridades, convendría empezar por una autocrítica sincera como ciudadanos. El elector debería aprender de cada proceso electoral y no dejarse impresionar por campañas millonarias ni por promesas grandilocuentes, sino apostar por quienes realmente cuentan con las cualidades necesarias para conducir un desarrollo participativo, ordenado y sostenible.
Hoy ya no sorprende ver cómo muchos candidatos cambian de discurso según las circunstancias. Son los conocidos politiqueros camaleónicos, capaces de modificar su color ideológico con total desparpajo, dependiendo del auditorio o del momento. Esta práctica se repite en todos los niveles de la vida política. No es ningún secreto cómo, en las últimas décadas, distintos personajes llegaron al poder prometiendo no aplicar ajustes económicos, gobernar para los más pobres, defender la democracia, acabar con la corrupción o erradicar la pobreza y el analfabetismo. Tampoco es un secreto que, una vez instalados en el gobierno, esas promesas quedaron convenientemente archivadas.
En la práctica, lo que terminó prevaleciendo fue la defensa de los intereses de grandes transnacionales y de reducidos grupos económicos nacionales. La venta de extensas áreas de tierra a precios irrisorios, las privatizaciones sin criterio estratégico y las concesiones petroleras y mineras al margen de la zonificación y de los derechos de las comunidades indígenas y campesinas se convirtieron en prácticas recurrentes. Una realidad que la mayoría de peruanos aspira, legítimamente, a que no se repita.
Más allá de la permanente alharaca en torno al crecimiento económico —que no siempre equivale a desarrollo—, conviene observar algunos indicadores objetivos. Según el Foro Económico Mundial, en su ranking de competitividad del año 2012, el Perú ocupó el puesto 67, por debajo de varios países de la región. Chile se ubicó en el puesto 31; Puerto Rico, en el 35; Barbados, en el 42; Panamá, en el 49; Brasil, en el 53; México, en el 58; Costa Rica, en el 61, y Uruguay, en el 63.
De igual manera, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Perú ocupó en 2011 el puesto 80 en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), situándose por detrás de países como Chile, Argentina, Uruguay, México, Panamá, Costa Rica y otros de América Latina y el Caribe.
Estos datos deberían conducirnos a una reflexión más profunda. En el Perú, la democracia necesita ser fortalecida con urgencia. El desarrollo, más que el simple crecimiento económico, depende de ciudadanos informados, críticos y responsables. Mientras quienes acudimos periódicamente a las urnas no aprendamos a diferenciar a los candidatos tradicionales —demagogos, oportunistas y sinvergüenzas— de aquellos que sí reúnen las condiciones necesarias para representarnos con dignidad, no tendremos derecho a lamentarnos. De lo contrario, seguiremos cambiando moco por baba, como ya es casi una costumbre en este país nuestro, tan grandioso como incomprendido.
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